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El escritor Pedro Lezcano se hace viral en las redes coincidiendo con el Centenario de su Nacimiento

El Cabildo de Gran Canaria, con la colaboración de Olga Cerpa y
Mestisay, impulsa un programa de actos que incluye un concierto
en Santa Brígida, la grabación de un recital-documental sin público
en el Teatro Cuyás y la producción de una docena de cortos
audiovisuales orientados a su difusión en redes

Las Palmas de Gran Canaria, 15 de septiembre de 2020.- La Consejería de
Cultura del Cabildo grancanario organizará distintas iniciativas durante el
transcurso de los próximos meses con las que recordará los cien años que se
cumplen (el día 17 de septiembre) del nacimiento del escritor Pedro Lezcano
(1920-2002).
La consejera de Cultura del Cabildo grancanario, Guacimara Medina, se refirió a
Pedro Lezcano como un poliédrico intelectual que fue capaz de realizarse como
impresor, editor, dibujante, ajedrecista, político, micólogo, dramaturgo, narrador
y poeta. “Pedro Lezcano, conocedor de la idiosincracia de los canarios y defensor
de la justicia, refleja su compromiso con esta tierra en sus escritos con olor a
salitre y a Canarias”, dijo Medina, quien considera que el autor “se ha convertido
en un referente en esta tierra”.
Con la colaboración de Olga Cerpa y Mestisay, el departamento que dirige
Guacimara Medina, ha producido para la ocasión un total de doce audiovisuales
de corta duración y rodados en blanco y negro, que se distribuirán en las redes

Comunicado de Prensa
Cultura

sociales, recogiendo diversas opiniones de una veintena de personas vinculadas a
Lezcano que mantuvieron con él estrechos lazos de amistad.
Asimismo, la programación del Centenario incluye la producción de un
concierto/documental para la Televisión Canaria titulado ‘Pedro Lezcano: relato
de vida’, que se grabará en el escenario del Teatro Cuyás, sin público y que se
emitirá a partir de noviembre próximo en la citada cadena.
Este concierto, que tendrá un componente de proyecciones audiovisuales
importante, se complementará con imágenes de archivo de Pedro Lezcano,
imágenes de momentos históricos nacionales e internacionales, declaraciones de
algunos amigos y grabaciones videográficas realizadas en la Finca de Osorio de
Teror, Agaete, Fuerteventura, Las Palmas de Gran canaria y Santa Brígida, lugares
donde el poeta ejerció la mayor parte de sus actividades.
Con este trabajo se pretende contextualizar su biografía con las diferentes etapas
históricas, locales e internacionales, que influyeron en su trayectoria y
pensamiento y que las vincule también a su relato de vida.
Finalmente, Olga Cerpa y Mestisay ofrecerá a finales de octubre un concierto en
formato acústico en el casco histórico de Santa Brígida, muy cerca de la casa
donde Lezcano vivió sus últimos dos decenios de vida.
El citado concierto denominado ‘Concierto para un poeta’ incluirá algunas de las
canciones que formaron parte de la relación artística que Pedro Lezcano mantuvo
con el prestigioso grupo canario. Fue una intensa relación que comenzó en el
año 1984 con la grabación de un disco, ‘Romance del Corredera’, que incluía
textos del poeta musicados por el grupo isleño y que serviría para estrenar y girar
un espectáculo del mismo nombre por varias ciudades de Canarias y
Latinoamérica.
El concierto se celebrará a finales de octubre próximo contando con la
colaboración del Ayuntamiento de Santa Brígida.
Soportes audiovisuales: ‘De la amistad’ y ‘El poeta en el recuerdo’
En uno de esos trabajos, que será estrenado el mismo día de su nacimiento, el 17
de septiembre, se recita de forma colectiva uno de sus poemas más celebrados,
el titulado ‘De la amistad’. En el mismo participan sus hijos Delia y Pedro Lezcano
Jaén, su hermano Francisco Lezcano, los ex consejeros cabildicios Coca de Armas
y Ezequiel Ramírez, el abogado Fernando Sagaseta López, el tertuliano y
exajedrecista José Miguel Fraguela, el economista Antonio González Viéitez, los
músicos Olga Cerpa, Marieme Abdoulayé, Said Muti, Manolo Padrón, Antonio
Montesdeoca y Manolo González, los escritores Juan Ramón Tramunt y Felipe
Landín, así como otras personas, hasta un número de veinte.

El video fue grabado el pasado mes de Julio en el estudio del hijo del poeta, el
pintor Pedro Lezcano Jaén, mientras éste realiza un retrato al óleo de su padre, y
en una sala del Gran Canaria Espacio Digital, bajo la dirección de Manolo
González y la realización videográfica de Pedro Ruiz y Gino Maccanti.
Otro de los trabajos audiovisuales es el denominado ‘El poeta en el recuerdo’, en
el que diez amigas, amigos y familiares de Lezcano son entrevistados combinando
recuerdos e imágenes del poeta y del hombre, de sus aficiones y su pensamiento
político, de su ambiente familiar y sus hobbies.
Entre los entrevistados figuran el abogado Fernando Sagaseta López –vinculado a
Lezcano a través de la amistad con su padre el político Fernando Sagaseta-, el
tertuliano y exajedrecista Jose Miguel Fraguela –que formó parte del movimiento
ajedrecístico en Canarias junto al poeta-, el economista Antonio González Viéitez
–compañero de aventuras políticas y diputado en la cámara regional con Lezcano,
el músico y compositor Manuel González –el poeta tuvo una intensa relación con
Olga Cerpa y Mestisay, con los que grabó discos y realizó espectáculos y viajes
profesionales- y el profesor de literatura y editor de algunas de sus obras Felipe
Landín.
Los videos se estrenarán en el canal de Youtube de la Consejería de Cultura del
Cabildo Gran Canaria Cultura a partir del 18 de septiembre.

ENLACE DE DESCARGA DE LOS VIDEOS DE PEDRO LEZCANO
https://we.tl/t-A0IQwNd5Zz

Pedro Lezcano
Cabeza Mesada, el pueblo donde Pedro Lezcano vivió sus primeros años, debía
tener un sol de justicia, quijotesco, eterno, de secano. La abuela Petra fue buena
con él, el huérfano de su hija, cuando su yerno le dejo al vástago para que lo
criara mientras el padre se buscaba la vida en trabajos de oficina regados con
coñac del barato. Trocar mi vida nueva por tu gastada muerte/ fue mi primer
comercio ventajoso y canalla, escribiría muchos años más tarde el poeta en unos
versos dedicados a la madre desconocida. Esa fue la primera de sus muchas
aventuras autodidactas: imaginar besos y caricias en una infancia de cal y barro.
Aún muy niño dejó atrás el humo de los trenes de la estación de Arganda para
descubrir la Patria que le pertenecería de por vida. Un golpe de suerte, la
herencia de una tía, trae a Pedro, a su padre y a su hermano Ricardo a la Isla. Una
rara vegetación, unas azoteas donde asomaban cabras y un abuelo militar que lo

lleva a dar paseos por el Monte hacen el resto. Y el mar, el patio de juegos donde
terminaban las guirreas con callaos de la marea junto a San Telmo, cuando la
ermita aún tenía hendido un brazo de muelle en el Atlántico.
Las clases en el instituto no fueron el balde: tuvo entre sus profesores a Espinosa,
el surrealista canario, y al cura don Joaquín Artiles, con el alma dividida entre la fe
y una lista de libros prohibidos. Aunque modesta, la ola de pensamiento de la
Institución Libre de Enseñanza, también llegó a Canarias. En casa apenas había
libros, pero la biblioteca del Museo Canario le descubrió el valor de la Palabra
porque cayó en sus manos la Antología de Gerardo Diego. Y de ahí, la guerra; los
amigos mayores que marcharon al Frente y otra vez un hermano ausente,
escapando de los bombardeos en Barcelona con un espíritu de supervivencia casi
genético en su familia.
A Pedro lo movilizaron más tarde, en la última quinta. Ventura Doreste, uno de
sus amigos de lecturas y vida, también estaba en el mismo cuartel. Lezcano cavó
trincheras interminables en Arinaga mientras redactaba cartas de amor para las
novias de sus compañeros iletrados. Y asistió al ritual de la Muerte con el
fusilamiento de un pobre maestro de escuela del que la historia de los
vencedores hizo borrar el nombre, como a tantos otros.
La Laguna, a donde fue a estudiar Filosofía, fue el lugar de los primeros amores.
Hambre no se pasaba en la pensión de doña Conchita; solo había que
preocuparse de los chinches, eternos compañeros de viaje de la posguerra. Don
Elías Serra, el catedrático, le daba unas perras para que lo ayudara en la
catalogación de la entonces raquítica biblioteca de la Universidad. Después tuvo
que coger el barco -donde trabó amistad aún mantenida con Carlos Pinto- y
volver a Madrid, en una Universidad bien distinta de La Laguna familiar que había
conocido.
Lo único interesante de la Facultad era el bar, donde conoció a Eugenio de Nora y
otros jóvenes poetas españoles. Sotanas y tomismo inundaban las aulas con un
sopor que duraría aún muchos años en el pensamiento oficial del país. Pero
quedaba el Gijón, con tertulias a dos y tres bandas, donde la creación poética se
expresaba a través del círculo del bondadoso García Nieto y los garcilasianos. Por
supuesto, también tenía plaza Cela y el rubicundo y pelirrojo Fernán-Gómez junto
a otros personajes de la farándula madrileña. Era visita obligada, a poco que uno
escribiera versos, acercarse hasta Velintonia, donde Aleixandre mantenía
encendida la llama poética del 27 con un ritual ajeno al silencio de aquellos días.
La vuelta a Canarias fue obligada por los sentimientos: el mar y el recuerdo de
Carmen Jaén, el amor de su vida (A enraizarse vivo/ viene desde los mares un
vigía que grita./No desdeñe tu seno su vocación de olivo,/ mujer, tierra bendita.

Vendió el único recuerdo que le quedaba del pueblo manchego de su madre,
unas tierras donde el trigo era más antiguo que la presencia del hombre, y con las
ganancias se compró una máquina de imprimir y tratados técnicos para aprender
lo que no sabía. La imprenta, en la calle de los Moriscos, era visitada por ilustres
bohemios de la capital como Victor Doreste, que se acercaba hasta allí en
chanclas y pijama. Al caer el día se trasladaban al Bar Polo, que aún se asomaba a
las riberas del Guiniguada entre olores de carajacas y medianías.
Los Millares Sall mayores, Ventura, Felo Monzón y las féminas de Mujeres en la
Isla propiciaron encuentros literarios y de amistad que lo hicieron editor de libros
las más de las veces deficitarios. Antología Cercada, adelantada a su tiempo por
anunciar una voz nueva, no pasó desapercibida más allá de las fronteras de la
Colonia, pero la presencia física de la periferia estaba muy lejos de los reducidos
cenáculos literarios de entonces (Se prohíben los sueños a deshora;/ para soñar
ya hay decretadas fechas,/ hay parques con pájaros y novios/ hay líricos poetas.
Ya había entrado en su vida el ajedrez, con una matemática precisión que poco
tenía que ver con su aventura de vivir. Y el mar había dejado de tenerle como un
visitante complacido de sus orillas: descubrió el submarinismo y a los meros
enrocados sobre la lengua de piedra de La Barra, cuando Las Canteras refugiaba a
las primeras suecas en el Colón a rebufo de boleros arrastrados. Seguían
publicándole fuera sus amigos continentales, pero su espíritu no paraba sólo en
eso: con Ricardo, juntando los dos las espaldas -Las espaldas, hermano, ese lugar
donde germina el ala-, con amigos y familia, funda el Teatro Insular de Cámara. El
Museo Canario les acoge; en los camerinos, donde se cambian el Godot de
Ionesco, el Lindo don Diego o el inquisidor de las Brujas de Salem son observados
por las momias de nuestra prehistoria con mortuoria indiferencia. Fueron 12
años de éxitos que trascendieron el mágico prodigio de la afición. Lezcano pinta
decorados, dirige y actúa con proverbial facilidad.
El compromiso de las Letras fue también el de las ideas. El vate fue compañero de
viaje de los clandestinos comunistas, pero la ortodoxia del Partido nunca fue de
su agrado: cualquier tipo de fe estuvo siempre lejos de la duda existencial de
Lezcano. Primitivas máquinas de impresión y volanderas hojas de propaganda
salieron de sus manos para ayudar a romper el silencio. Con Germán Pírez
compartió dialéctica y ajedrez. Germán siempre andaba huido –la orden viene de
la sangre, dice un verso de Agustín-; al final, hasta la Memoria traicionó a Pírez,
héroe anónimo de la pequeña historia insular en los años de lucha antifranquista.
El Corredera sí que llegó a mito, aunque le costó la muerte en el garrote. Con
Sagaseta, el mismo Agustín y muchos otros, Pedro hizo vigilia hasta apurar las
razones de la sinrazón. Lezcano bebió de las fuentes estéticas del romancero

popular para convertir a Juan García en personaje de leyenda: Canarias llora en
los pozos/ para que nadie la vea/ por rebelarte a morir/ a la muerte te condenan.
Los hermanos Gallardo, Fernando y otros amigos de tertulia y vida caen en
Sardina. Les quedan años de pasos repetidos en el patio del Dueso. Lezcano,
vigilado de cerca, ve secuestrado su poemario Consejo de Paz (Bajaos del corcel,
tirad la espada; / los héroes ya no existen o están en cualquier parte./Llegará la
hora cero de ser héroes/ cualquier día cruzando la calle). Un tribunal militar se
forma para juzgarlo; aún conserva cartas y pliegos de apoyo venidos desde la
solidaridad a su obra poética. Uno de ellos está firmado con huellas dactilares de
mujeres aparceras que no saben escribir su propio nombre; son gentes del
pueblo que recitan su poesía a la luz de los candiles. Eran aún los años de la paz
condenada, pero empezaba el declinar de la Dictadura.
El poeta puso sus versos al servicio de la Transición. La marea humana, ahora sí,
salía a la calle en busca de sus derechos civiles. De mitin en mitin se le oía recitar
La Maleta; hijo de una patria que había recorrido por senderos y veredas, se
adscribió al nacionalismo entonces emergente (Yo rezo con la lluvia por el
retorno al valle,/ cuyo perfil tenía rostro de compañero…) Su voz nunca fue la del
político profesional: para algo era poeta y amigo de sus amigos, aunque no
compartiesen su credo ideológico. Su camino por los despachos oficiales dejó un
rastro de humanidad que se seguirá echando de menos entre tanta egolatría
política. Su cultura, la aprendida entre los libros y los hombres, era una excepción
entre tanta palabra hueca.
Tuvo tiempo de volver a los escenarios. Lo hicimos juntos muchas veces y
siempre nos robó los aplausos, aunque sus versos fueran escuchados por primera
vez por auditorios extranjeros. Aprendimos mucho entonces de su estatura
humana, de su perfil de poeta “a la antigua”, inundada su palabra por la
necesidad de ser escuchada, de ser recitada de sus propios labios.

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